Sin manuales, todo dependía de Figari

Conforme avanza la lectura del informe final de la Comisión se ahondan detalles no solo dolorosos sino, sobre todo, REALES de la vida en el SCV durante más 40 años de su corta historia —este año cumpliría 47 años de fundación—. Las matemáticas no engañan y lo descrito por la Comisión no puede ser considerado como un cúmulo de errores cometidos por Figari y un pequeño grupo de sodálites. Los acontecimientos en los cuales se basan los testimonios recogidos por este informe marcan estructuralmente una organización que no se puede medir simplemente por sus frutos, los cuales además son muy relativos y engañosos como para hacer un juicio cierto, sino que el SCV requiere una mirada integral que incluya su historia, la vida de los sodálites de la generación fundacional, la eclesialidad, la apertura a recibir críticas, sus vocaciones, sus obras institucionales —vistas al detalle, no solo lo externo—, etc.

El SCV ha mostrado durante muchos años manejar una buena “vitrina”, es decir, una imagen estructurada para impresionar, creada desde el “escritorio” y no desde la vida misma. Se da prioridad a las publicaciones estratégicas para contrarrestar los avances progresistas o de posturas teológicas heterodoxas, sin mostrar capacidad para entrar en diálogo con estas desde un horizonte académico, por lo cual, se usa un estilo muy agresivo y destructivo contra quienes simplemente son llamados “enemigos” de la Iglesia.

En la batalla contra los enemigos de la Iglesia, el SCV gana tanto enemigos como amigos aliados. Todo esto en el contexto de una guerra ideológica en el seno de la Iglesia y en el mundo de la cultura. Estas alianzas estratégicas que se dan entre el SCV —representado por Figari y Godoko, principalmente— y segmentos de la Iglesia, e implican el apoyo de obispos que permiten la expansión de la institución fuera de Lima y de los límites del Perú. Sin embargo, es una expansión territorial que nunca estuvo acompañada del crecimiento espiritual de sus miembros, particularmente de la generación fundacional. Por el contrario, las inmoralidades fueron en aumento desde los lejanos años 70, multiplicándose las incoherencias con la vida cristiana y los sodálites que llevaban una doble vida.

Asimismo, se descuidan aspectos fundamentales como la dirección espiritual que, junto a otros, son manejados DIRECTAMENTE por Figari y su subjetiva visión de la fe, desde una experiencia de inmoralidad, narcisismo y desmesuradas ansias de poder. Por lo tanto, el sustento para las prácticas que se llevaban a cabo en las comunidades del SCV no existía dentro del panorama de experiencias similares dentro de la vida de la Iglesia. Tal vez podrían encontrarse semejanzas con métodos de entrenamientos de grupos de comandos militares mas no de religiosos en el siglo XXI. Por eso mismo y por el manejo sectario de la institución, no se hacían públicas las metodologías aplicadas dentro de la comunidad.

La experiencia al interior de las comunidades sodálites era parte de un misterio que se manejaba con la discreción propia de una hermandad secreta, dentro de la cual existían niveles de compromiso que eran independientes de las promesas y profesiones, pues se fundaban en la elección de Figari y el nivel de confianza e intimidad que este pudiera otorgarle. Por ejemplo, el manejo económico y sus detalles estaba reservado para una élite muy selecta dentro del SCV y no era transparente para todos, ni siquiera para aquellos que eran sodálites de derecho pleno —profesos perpetuos—.

Un ejemplo muy gráfico de lo señalado por este numeral del informe final es mi propio caso. Yo empiezo a formar parte de la comunidad San José en mayo de 1993 sin que nadie supiese realmente cuánto tiempo estaría viviendo allí ni a qué iba a dedicarme, por lo cual, literalmente, pasé un par de años sin una misión clara, sin llevar estudios superiores, además, sin que nadie pudiera darme una pista de lo que haría o hacía en esa casa. Solo aguardaba a que Figari tomase la decisión, pues dependía 100% de él, cocinaba para él —con mucha frecuencia— cada vez que me lo pedía, sin importar la hora ni qué estuviese haciendo yo, salía a hacer recados —acompañando a alguno de los que vivía en esta comunidad—, estudiaba desordenadamente las cosas que Figari me indicaba, no tenía rumbo.

Se empezaron a hacer algunas muy controladas descripciones de la vida en el SCV cuando surge la iniciativa de mostrar lo que era la institución a través de internet. Las páginas institucionales, todas ellas, estaban a cargo de Figari y quienes estábamos a su servicio para estas y otras labores, él mismo escribía los textos en los que se hablaba del SCV, hasta diseñaba —sin criterio estético ni técnico— las páginas. Toda la información sensible sobre el SCV se manejaba desde San José y por el entorno más íntimo del pashá.

De esta manera, lo dicho por la Comisión es realmente una descripción de lo sucedido durante más de 40 años —que en ciertos aspectos fundamentales se sigue repitiendo como un patrón de conducta propio de una subcultura que parece imposible de desterrar—.

Se captaban jóvenes a los cuales se les adoctrinó usando métodos invasivos, que alienaban la libertad y la conciencia moral, conduciéndolos a una esclavitud disimulada con conceptos propios de la doctrina católica sutilmente deformados para adaptarse a la subjetividad de Figari. Dentro de todos estos, las autoridades del SCV elegían a quienes estarían más cerca de Figari, Godoko y algunos pocos más de los discípulos amados, formando una especie de séquito al que se le adoctrinaba especialmente para tener una mayor responsabilidad en la institución y asumir un nivel superior de confianza de parte de Figari.

Dentro de este grupo de personas escogidas, Figari habría seleccionado a sus sirvientes y personas capaces de replicar, con una obediencia ciega, su sistema de adoctrinamiento en las comunidades de formación de San Bartolo.

¿Por qué no existían lineamientos a seguir por quienes integrarían el SCV? Porque no podían hacer públicos lineamientos que tenían como sustento último la voluntad de un solo hombre. Es tan grave el maltrato recibido dentro de estos oscuros parámetros que si alguna vez escuchas a alguien decir que su paso por el SCV fue lo mejor que le pudo pasar, debes sospechar de alguien que es incapaz de ver dicho daño, especialmente si se trata de alguien que pasó por las comunidades de formación en San Bartolo desde mediados de los 80 hasta inicios del siglo XXI.

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