Relación de sometimiento

Figari solía decir que la obediencia debía asumirse por amor o por temor. La obediencia por amor era la perfecta, es decir, aquella en que el amor a Dios y a su “Plan” motivaba a vencer las barreras de la propia debilidad y deseos personales para cumplir lo que Dios tenía previsto para uno -lo que era informado al súbdito por el superior- y hacerlo con alegría, literalmente, “por amor”.

Sin embargo, si no se podía vivir esta experiencia al obedecer, se tendría que asumir una obediencia “por temor”, en la cual el súbdito asumía la orden del superior como un deber que era necesario cumplir para no pecar gravemente, pues la obediencia era como “la columna vertebral del sodálite”.

Ambas experiencias –amor y temor– están muy abiertas a la subjetividad humana y se entremezclan en la realidad personal del súbdito de manera compleja, de manera que es difícil discernir si realmente se obedece por amor o por temor. Bajo estos parámetros se generaba un escrúpulo muy grande para quien optaba por vivir una obediencia perfecta regida por el amor. En relación a esto último, Figari insistía mucho en la comprensión literal de las palabras del evangelista Mateo (5,48): “sed perfectos como vuestro Padre es perfecto”. Según la interpretación del “fundador” el sodálite debía aspirar a la perfección en todo lo que hiciera, particularmente, en la vivencia de la obediencia.

Sin embargo, más allá de estos acentos o matices, la obediencia sodálite implica un sometimiento que debe ser dócil y sumiso. Así nos adoctrinaba Figari en San José y Madre del Reconciliador. En la práctica, cuando se obedecía se cancelaba la mente y la facultad de juicio moral, se asumía con el corazón con alegría y se ejecutaba inmediatamente -con prontitud-. Esta era la manera de obedecer que Figari esperaba en sus discípulos amados y en sus sirvientes.

El sometimiento psicológico se funda en el espiritual y el sometimiento físico en el psicológico. La dimensión espiritual del sodálite se empapa totalmente de la obediencia, incluso, la experiencia de amor está subordinada a la de obediencia al “Plan” de Dios. Así se perpetúa la cancelación de la afectividad y subjetividad, como si fueran nocivas y pusieran en peligro la fidelidad. Bajo este principio “espiritual” se reconstruye una dimensión psicológica donde tiene primacía absoluta la sumisión radical a la voz del superior, porque debe ser considerada como la “voz de Dios”. Como si esto fuera poco, Figari alentaba -como parte de la obediencia perfecta, en la cual ponía como ejemplo a la Virgen María- la actitud de anticiparse a los deseos del superior, creando con ello una tensión constante hacia el superior como punto de referencia necesario y fundamental para el propio desenvolvimiento cotidiano. Es decir, “debo pensar, sentir y actuar como lo haría mi superior”.

El sometimiento físico se expresaba la manera como se asumían las exigencias extremas de los ejercicios físicos, privación de sueño, represión de la sexualidad, control de los sentidos, represión de manifestaciones externas de dolor o malestar, etc. Figari me adoctrinó para ser un automáta, un sirviente absolutamente dócil y fiel, sin expresión en el rostro, sin cosquillas ni manifestaciones externas de dolor, todo mi cuerpo tenía que estar bajo control para evitar molestar al “fundador”.

Discernimiento

Ante este panorama de “obediencia” o sometimiento*, las comunidades de formación eran poco propicias para el discernimiento y, en la gran mayoría de los casos, el candidato o aspirante no discernía sino que “era discernido” para la vida consagrada o el matrimonio -entendido como una negación de la vida consagrada más que como una vocación a la santidad-. Aunque no se hable de esto, no son pocos los que estuvieron “suspirando” alrededor del SCV queriendo vivir la vida consagrada en comunidad y que, por diversos motivos que llegaban a ser inverosímiles, fueron “discernidos” para la vida matrimonial y obligados a tener enamorada lo más pronto que fuera posible. En todo sentido, la vocación era entendida de una manera diferente a como se le entiende en la tradición de la Iglesia y en los Evangelios.

Además de las comunidades de formación de San Bartolo, existía una escuela de adoctrinamiento intensivo al lado de Figari -San José y Madre del Reconciliador-, en la cual el “fundador” reemplazando el papel de Dios dictaminaba el camino que uno debía seguir, alterando radicalmente el proyecto de vida en muchísimos casos -como es el mío- con tal de hacer encajar la vida de una persona en el proyecto personal de sí mismo -de Figari-. Es así que, en estas comunidades estaba implícitamente prohibido el discernimiento vocacional. Quienes llegábamos ahí o teníamos vocación o teníamos vocación, no había más alternativa. Algunas excepciones que hubo en esta comunidad de adoctrinamiento fueron las de sodálites que pasaban para que Figari “les mida el aceite” -como se decía en la jerga figareana- o, mejor dicho, para que los discierna.

Dentro del ámbito del discernimiento y la formación inicial descansa el crecimiento espiritual como medio para comprenderse mejor a uno mismo y a la misión; sin embargo, este desarrollo espiritual estaba dado dentro de los parámetros estrictos de lecturas controladas -como por ejemplo, los capítulos dedicados a la obediencia y a la relación con la familia del Ejercicio de perfección y virtudes cristianas del sacerdote jesuita Alonso Rodríguez- cuidadosamente seleccionadas para imprimir un “estilo común”. Se informaba la mente con ideas radicales y llenas de fanatismo, épicas de combates espirituales, entrega radical y sacrificio, etc., además, obviamente, de las cosas que escribían Figari, Godoko y algún otro.

En síntesis, las posibilidades de optar voluntariamente por un proceso de discernimiento en el cual se pudiese elegir el camino a seguir, eran prácticamente inexistentes. Los casos donde realmente se daba un proceso de discernimiento, aunque sea impuro o dirigido, eran muy pocos. Mi caso no fue la excepción y nunca se me permitió hacer un discernimiento, por el contrrario, se me impuso una dinámica de adoctrinamiento intensivo desde los 20 años de edad y durante 18 años consecutivos. En mi caso y el de otros dos, que nos liberamos de las cadenas del SCV, es sintomático que la vida espiritual y su consecuente crecimiento eran absolutamente secundarios en relación a la vivencia de la obediencia absoluta a Figari. No teníamos horarios ni tiempos de oración, ni pudimos jamás formar hábitos de oración que se pudieran sostener por algún tiempo considerable. Todo cambiaba con frecuencia porque nuestras vidas estaban totalmente subordinadas a la voluntad de Figari.

Finalmente, llegados a este punto, resulta evidente que existiera en nosotros una anulación de la voluntad individual, como considera el informe final de la Comisión en este numeral 7. El adoctrinamiento era tan fuerte que no existía en nuestras consciencias la posibilidad de escapar del infierno que vivíamos. Les confieso que yo pedía morir, antes que pensar en dejar el SCV, pues prefería la muerte del cuerpo antes que la condenación eterna por abandonar la vocación.

La experiencia de otros sodálites que pasaron por las comunidades de formación, que funcionaron a partir de 1984 en San Bartolo, es semejante, aunque diferente pues no tuvieron ese grado de adoctrinamiento y, sobre todo, el “honor” de sufrirlo a través de Figari. No se puede ignorar el dolor y el sufrimiento de nadie pero sí se debe reconocer que la cercanía al “fundador” deja unas huellas que muy pocos pueden comprender, incluso hoy, dentro de y fuera del SCV.

(*) Considero que la obediencia en sí misma es una virtud, sin embargo, en el caso del SCV lo que enseña Figari a vivir es una falsa obediencia o sumisión a su subjetividad.

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