Figari solía decir que la obediencia debía asumirse por amor o por temor. La obediencia por amor era la perfecta, es decir, aquella en que el amor a Dios y a su “Plan” motivaba a vencer las barreras de la propia debilidad y deseos personales para cumplir lo que Dios tenía previsto para uno -lo que era informado al súbdito por el superior- y hacerlo con alegría, literalmente, “por amor”. Sin embargo, si no se podía vivir esta experiencia al…

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