¡Maldito traidor!

¡Maldito traidor! era el acápite que acompañaba a todo aquel que abandonaba el SCV. Cualquiera que fuese la causa de este alejamiento, siempre era considerado una traición, fruto de la cobardía, soberbia, lujuria, apego al mundo, etc. Como regla general, no existía exsodálite bueno porque, además, Figari azuzaba el rechazo a la “traición” con expresiones tales como “al traidor se le fusila por la espalda”. Obviamente, a nadie le gusta ser un traidor, menos a los sirvientes y los discípulos*.

Por ello mismo, las salidas del SCV eran manejadas con un misterio y secretismo enfermizos, mediante el cual se comunicaba de la esta como si fuese de la mala muerte de un sodálite caído en desgracia. Esta cultura de la traición se atenúo un poco desde los inicios del siglo XXI, entre otras cosas, porque la institución experimentó un notable crecimiento en sus números y, dado el escaso discernimiento sucedido en los años previos a la aprobación pontificia, también un mayor índice de abandonos.

Un ejemplo del manejo y control de la información es el caso de Jeffrey Daniels. Se le retiró de sus “labores apostólicas” que ejercía mientras vivía al lado de Godoko en San Borja, y se destinó al encierro en una de las casas de formación en San Bartolo. Sin que la gran mayoría de sodálites supiese realmente qué pasaba con él ni por qué, de un momento a otro, partió del Perú con rumbo desconocido. Otro oscuro episodio del nefasto aparato de publicidad —manejado a lo Goebbels— es el manejo de la muerte de Godoko y su consecuente proceso de canonización.

El aumento en las salidas entraba dentro de los márgenes de la normalidad en una institución de vida consagrada en crecimiento, especialmente porque se trataba, en su mayoría, de formandos y no de profesos temporales y perpetuos. Sin embargo, desde la muerte de Godoko, progresivamente, aumentó notable y alarmantemente el número de salidas de profesos y, vale la pena decirlo, la importancia de los mismos dentro de la institución —ya sea por la cantidad de años de pertenencia o por sus roles vivido—. Particularmente, salieron varios de los que rodeaban a Godoko muy de cerca pues, así como Figari tenía discípulos, Godoko también los tenía.

Dentro de la “cultura” sodálite se recibía la invitación a realizar la profesión temporal o perpetua como bendiciones y, por tanto, rechazarlas implicaba una terrible censura a quien no se experimentaba capaz de realizarlas. Esta práctica estuvo vigente durante muchos años, casi hasta el momento en que Figari “renunció” al puesto de superior general. Por lo tanto, la gran mayoría de las profesiones perpetuas se realizaron bajo este mando de manipulación y presión que instauró el “fundador”.

Las palabras del propio Figari cuando alguno no se atrevía a realizar la profesión perpetua eran, por lo común, muy duras y despectivas, lanzando severos juicios morales sobre la persona y su vivencia del celibato. Más allá de dichos comentarios destructivos, el lenguaje corporal del pachá era del más notorio desagrado y desconcierto.

Por lo tanto, los abusos y maltratos recibidos por decenas de sodálites no solo se realizaron durante su vida activa en comunidad sino también en el momento en que tomaban la decisión de abandonar el SCV. En este sentido, era más económico para quien quisiera irse buscar una buena excusa y largarse sin dar razón alguna. En este caso sería también llamado traidor y cobarde, pero, por lo menos, haría efectivo su abandono de la comunidad de manera pronta y se ahorraría mucho maltrato, juicios temerarios y el desprecio de quienes fueron sus hermanos.

Sin embargo, la fuga no era posible para quien era profeso perpetuo porque el vínculo con la institución era formal e implicaba un proceso de dispensa para el abandono. Bueno, varios exsodálites pasaron años tratando de salir del SCV, sin que se les permitiera hacerlo. Se llegó a casos realmente kafkianos en los que miembros del SCV llevaban abiertamente una doble vida, con el deseo de motivar a las autoridades a la expulsión, pero, aun así, el camino no era fácil.

Incluso, se les derivó a psiquiatras —miembros de la “familia espiritual”— para que arreglen sus problemas. Hay varios exsodálites que fueron “tratados” por uno de estos especialistas y sus testimonios tienen en común: uso excesivo de medicamentos fuertes y caros, violación del secreto profesional al intercambiar información con las autoridades del SCV sin consentimiento del paciente y atribución de patologías inexistentes para cubrir una frustración interior muy fuerte a causa de una vida extremadamente dura.

En los casos en los que, finalmente, se le permitía al sodálite abandonar la comunidad, se le obligaba a hacerlo en silencio, sin comentar nada a nadie, diciendo mentiras sobre el abandono del proyecto apostólico en el que trabajaba hasta ese momento. Literalmente, salía por la puerta falsa, como si estuviese haciendo algo terrible.

Siempre, hasta hoy, la prioridad en el SCV es la institución misma y no la persona. Esta es una de las razones que lleva al manejo de prensa tan mezquino realizado en medio de la crisis suscitada en el 2015 por Mitad monjes, mitad soldados. No tienen prioridad ni las víctimas, ni la búsqueda de la verdad o la justicia, sino la institución por sobre todas las cosas.

Los elementos descritos conducen, en muchos casos, a que sodálites que abandonan la institución experimenten “graves afectaciones psicológicas y hasta el rechazo a la fe católica“. Con mayor frecuencia, estas vivencias negativas, suceden en quienes hemos abandonado el SCV luego de muchos años de permanencia en él y, sobre todo, con mucho tiempo de contacto con Figari y su entorno de discípulos.

Si bien, en el caso de quienes fuimos sirvientes, no se opone mucha resistencia al abandono de la institución, se nos estigmatiza internamente, presentando la causa del alejamiento del SCV como “causa personal”, sin dar más detalles. Por lo cual, dentro de la subcultura sodálite, quienes fueron amigos dentro del SCV experimentan una tremenda desconfianza hacia quienes, viviendo cerca de Figari, deciden dejar la institución, prestándose a muchas especulaciones.

Asimismo, desde fines del 2015 hasta el día de hoy la decepción que causan los comportamientos de muchos sodálites que llegaron a ser representativos dentro de la propia vida al interior del SCV, es muy intensa y dolorosa.

La causa principal de sufrimiento, en quienes fuimos sirvientes de Figari, reside en el hecho de haber ocupado Figari el lugar central en la experiencia de vida, subordinando todo lo demás, desde el juicio moral hasta la vida espiritual. Para quienes no estuvieron tan cerca o nada cerca del pachá, es el SCV quien ocupa el lugar central en la propia vida, desplazando a Dios, Iglesia, familia, proyectos personales, etc.

 

(*) La estratificación social dentro del SCV era marcada. El monarca o pachá era Figari y vivía rodeado de sus sirvientes y algunos discípulos, escogidos todos estos para estar cerca del “fundador”. Luego, en este silencioso pero claro sistema social, estaban discípulos que vivían dispersos por todo el mundo, ocupando —en muchos casos— puestos de confianza. Inmediatamente después estaban los aprendices que habían sido elegidos por Figari para asumir responsabilidades grandes en un futuro, y los demás aprendices que simplemente serían parte del pueblo fiel, de los plebeyos que solo tenían que alabar al “fundador” y cumplir con sus designios, los cuales eran informados a través de los superiores y documentos oficiales.

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