Limeña hipocresía

Es fácil hablar de lo que no se sabe o poner la propia experiencia como absoluta y desmerecer a quienes tuvieron que pasar situaciones de dolor y maltrato. Como también es común dar la espalda a quienes exponen públicamente su desventura sin siquiera detenerse a pensar en el motivo de esta exposición ni hacer el esfuerzo por ejercitar la empatía.

La hipocresía parece ser un mal mayor en la sociedad limeña, donde es mal visto exponer el maltrato o crimen del cual alguien ha sido objeto. Lo políticamente correcto es mantener el silencio; sin embargo, no incomoda nada exponer la intimidad y mostrar el cuerpo, los lugares visitados, los triunfos alcanzados, las conquistas amorosas, etc.

La regla que mide la conveniencia de lo que puede o no ser contado es muy restrictiva y subjetiva. ¿Será que hay ciertas cosas que evidencian la propia mediocridad —en forma de indolencia, indiferencia, falta de compromiso, etc.— y por eso no “deben” ser expuestas —por las víctimas—?

Esto explica, por ejemplo, la impunidad de muchos maltratadores de mujeres que no son denunciados porque lo último que quiere una mujer violentada es sufrir el maltrato de la sociedad machista e insensible, o el escarnio de los demás, o ser señalada e ignorada en posibles oportunidades de mejora laboral porque nadie quiere tener una víctima cerca.

La incomodidad frente al sufrimiento humano, que recuerda la propia miseria y fragilidad, es una de las causas de la hipocresía del antipático, de quien es incapaz de escuchar y acoger, de quien prefiere etiquetar y dar la espalda al sufrimiento humano, solo porque no es propio.

Del Sodalicio hay víctimas y no víctimas, santos y no tan santos, corruptos y más corruptos, como en muchos grupos humanos; aunque llama la atención la acumulación de corrupción en un grupo tan pequeño así como la capacidad de ocultarla entre sonrisas y obras bellas.

Quienes ven desde afuera y no han vivido adentro deben escuchar antes que insultar, quienes han vivido dentro y no han vivido casi 20 años con Figari como sirviente, también deben callar y escuchar, si es que quieren saber y si no les interesa por lo menos respetar, que algo de respeto se aprende en la vida frente a la experiencia ajena, más aún cuando esta es de dolor.

Finalmente, cuando uno vive algo muy malo y lo cuenta públicamente no es que no quiera valorar las experiencias buenas que hayan podido vivir otros ni que quiera opacarlas sino, simplemente, lo que necesita hacer por liberarse de la opresión de unas cadenas que aunque rotas aún existen, es gritar la verdad. Recuerden, quienes siendo inocentes fueron engañados y encarcelados, maltratados y, finalmente, luego de liberarse, ignorados y doblemente maltratados por la sociedad que los ve como delincuentes aunque sean víctimas, recuerden que estas personas también vieron cosas buenas porque la vida humana no es ni absolutamente blanca ni absolutamente negra, muchas veces es un complejo matiz de grises.

Mas, quien está en una cárcel injustamente y aprende a vivir la amistad y a sobrevivir en la horrible situación de la suspensión de su libertad, espera comprensión y ayuda de la sociedad, y no indiferencia porque, créanme, la vida después del SCV no es nada fácil.

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