La palabra sagrada del fundador

Related imageDesempolvando un viejo cuaderno encontré anotaciones de la experiencia comunitaria a la que fui en la comunidad de San José, en Santa Clara junto a otros 3 aspirantes. Casa que, en ese tiempo, frecuentaba Figari mientras vivía en San Isidro —en “La Esperanza”—.

¿Qué hicimos en esas 4 semanas de 1991 —setiembre y octubre—? Nos levantaban a las 6:00 am para hacer ejercicios físicos y a las 7:00 estábamos rezando Laudes, luego desayuno y orden, Misa y estudio (de textos de Figari). Más tarde yoga, tai-chi, ángelus, trabajo de jardín y almuerzo. Una siesta y luego nuevamente ejercicios, rosario, lectura espiritual, ángelus, lectura bíblica, lectura mariana (texto de Figari) y estudio de “El Silencio” (Germán Doig), lectio sobre la vocación (bajo exégesis sodálite), comida, visita al Santísimo, trabajo bíblico (aplicarse a uno mismo la Escritura), examen de conciencia y a las 10:45 pm oración de Completas. Luego de esto último se iniciaba un diálogo inacabable.

En este cuaderno, además del horario, escribía reflexiones personales sobre pasajes bíblicos y lo que “el fundador” me decía a mí cuando tenía la “bendición” de escucharlo. Esta práctica de tomar nota de lo que Figari decía sobre uno mismo fue un dictamen del superior de la comunidad que se repetía también más allá del ámbito de la experiencia o prueba -como se llamaba anteriormente- y que tuve que hacer por años.

Creo que es muy ilustrativo compartir este pensamiento que me acompañó 21 años, atormentando mi corazón y el cual silencié una y otra vez con la “certeza” que Figari tenía de MI vocación, esa certeza que traduje en mis propias palabras para convencerme que esa vocación existía en mí. Pensaba que:

Muchas veces no me ha gustado el hecho de tener vocación porque el Plan de Dios rompe con mis proyectos egoístas que muchas veces están muy lejos de ejercitar mis verdaderas capacidades y posibilidades.

¿Cuáles eran mis “proyectos egoístas”? Terminar mis estudios de economía, era el puesto 34 de la facultad, casarme, tener una hermosa familia y ser feliz. ¿Qué tiene eso de egoísta? Ahora, lejos de Figari y sus artimañas, sé que no tiene nada de egoísta sino que es un camino de plenitud y felicidad licito y muy cristiano además.

Artimañas de Figari

El 19 de septiembre de 1991 Figari hace una jugada, me dice que yo he ido al SCV para curarme y que en 2 años me iría curado de gran parte de mis miedos e inseguridades cuando se me presente alguna mujer que me guste. ¿Qué es lo que se lee “entre líneas”? Que sin el SCV no puedo estar bien, que el SCV me curará, que seré un traidor -lo cual a cualquier persona le causa rechazo-. El resultado de esta experiencia es que fuerzo mi mente y mi corazón a convencerme más que nunca que tengo vocación y que el SCV es la panacea de mi vida.

La traición formaba parte del vocabulario cotidiano de Figari. Las pequeñas traiciones llevaban a la “gran” traición; es decir, las dudas sobre la vocación llevan a traicionar la vocación, entonces, nunca dudes.

Figari me decía que confiaba en mí, en que yo podía “responder” a mi vocación y me decía al lado de una fogata:

Nunca te voy a pedir algo que no puedas hacer. Si te digo que no te vas a quemar, no te vas a quemar y si te quemas, ¡qué!

Y

¿Cuándo te he fallado? ¿Cómo puedes desconfiar de en quien te apoyas? No tengas miedo.

Esas palabras de Figari que escuché en octubre de 1991 las escucharía muchas veces más. Especialmente aquellas otras que explícitamente hacían referencia a la “clarísima” vocación que él veía en lo “más profundo” de mí.

Tienes una vocación clarísima.

o

Tienes el emblema mariano grabado en el ojo.

No es fácil comprender por qué me engañó Figari pero ayuda mucho comparar este abuso de poder con el que se da en algunas relaciones de pareja nocivas en las que el hombre abusa de la mujer y ella es incapaz de dejarlo aunque sufra y reconozca el error y la maldad, es más, se culpa a sí misma del abuso del hombre. En el abuso de Figari un factor común con aquel tipo de abuso: la relación de dependencia. Esta es muy fuerte, al punto tal que Figari desplazaba a Dios del centro de nuestras vidas.

Además de la dependencia, surge una culpa que es muy intensa y agobiante en torno a todo aquello que resulta contrario a la voluntad de Figari. La rigidez moral que el propugnaba externamente y no vivía atormentaba nuestras conciencias. Viví con una culpa muy honda durante más de 20 años de mi vida en el Sodalicio.

Esa culpa es difícil de superar, se hace parte de uno. Por ejemplo, se nota en las homilías de algunos sacerdotes del SCV que están cargadas de ese tufillo de culpa y condena, tan extraño a la infinita Misericordia divina.

Gracias al amor y a Dios las cadenas de la esclavitud de esta ideología en la que fui adoctrinado se rompieron y gracias a Dios miro con fe y esperanza el futuro.

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