Joroco: el cocinero

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En otro nivel de influencia estaban los sirvientes de Figari. Éramos personas de confianza, no digo absoluta porque para un ser como Figari la confianza absoluta era imposible, pero sí confianza, empatía, hasta “cariño”. Así como yo tenía a mi cargo la cocina imperial había otro a cargo de conseguir películas y series que saciaran su sed de entretenimiento, usualmente más de 6 horas al día, bueno, durante la noche y la madrugada. La tecnología fue cambiando con el tiempo, primero fue Betamax, luego VHS, DVDs y simplemente archivos almacenados en una PC dedicada especialmente a películas y series. Aquel siervo tenía que estar navegando en la red buscando el material para entretener al fundador.

Tenía además chofer, confesor, secretarios (intelectual, agenda, ropa, medicinas, etc.) y eventualmente acompañantes para pasar el rato sin aburrirse. ¿Qué? ¿Cuándo rezaba? No tengo la más mínima idea, pues tenía una capilla dentro de sus aposentos y yo nunca lo vi entrar en ella. Cuando lo vi entrar a rezar a una capilla no solía demorar mucho. No tengo cómo juzgar su vida espiritual y por ello solo me remito a los hechos.

La historia de este siervo cocinero comenzó en la niñez, mucho antes de conocer al SCV, cuando acompañaba a mi mamá en la cocina y trataba de preparar mis propias mezclas con los alimentos. Desde ese momento tenía una gran facilidad para cocinar creando nuevas cosas y aprendiendo trucos y recetas con solo mirar. Al entrar al SCV tuve algunas oportunidades de aprender nuevas cosas y cuando no sabía algo consultaba por teléfono a mi mamá o alguna tía. Esto que era un hobbie para mí se convirtió poco a poco en la razón de mi vida, el Plan de Dios para mí, cocinar para el fundador.

Figari apreciaba mucho mi cuidado con los ingredientes y la higiene, en todos los años que cociné para él nunca le serví algo en mal estado o que pudiera ser dañino para su salud. Tuve que inventar nuevas ensaladas, aliños y guisos, así como memorizar la cantidad de calorías y proteínas de decenas de alimentos, porque por épocas el “fundador” hacía “dietas” que yo tenía que preparar.

La vida de un cocinero imperial implica mucho sacrificio, debo confesar que nunca tuve en el SCV un horario de estudio u oración estable porque los horarios de Figari eran absolutamente caóticos y variables y, por lo tanto, yo me tenía que adaptar a ellos. Vivía siempre en constante tensión no solo porque todo estuviera al momento en que el fundador lo desease, sino también por la calidad del alimento. Varias veces tuve a mi cargo banquetes para invitados suyos, desde familiares a cardenales. Yo me hacía cargo de hacer las compras para asegurarme que los ingredientes fueran de primera categoría y tenía muy pocas personas a las cuales podía considerar “ayudantes calificados” porque no podía arriesgar la calidad nunca.

Si no cocinaba yo en algún evento donde Figari estaría presente, tenía que supervisar que todo estuviera a su altura y que nada le hiciera daño. Tenía “alergia” a la naranja por ejemplo además del agua hervida o “de caño”, solo tomaba agua embotellada, gaseosas y jugos.

Estos aspectos cotidianos y externos ocultaban en el día a día mi sufrimiento interior, nunca estuve feliz con lo que hacía, excepto con la natural satisfacción que sentía cuando algo que cocinaba estaba bien hecho. No me gustaron nunca las alabanzas ni que me sacaran con mi ropa de cocina a que los comensales me aplaudan y agradezcan. Siempre preferí la cocina como mi refugio y mantuve una actitud servil constante.

Durante los años al servicio del fundador aprendí a controlar mis emociones al punto que era capaz de mantener una expresión facial neutra casi siempre, sin alegrías ni tristezas, de manera que Figari no pudiera decirme nada bueno ni malo, ni meterse conmigo. Con los años la angustia interior que experimentaba fue creciendo hasta escaparse de mi ser y hacerse insoportable, es por ello que pasaba horas solo, al lado de la piscina, tratando de encontrar la perdida esperanza, buscando respuestas al sinsentido de una vida de constante violencia moral y de sufrimiento constante.

Lejos de mi familia y amigos, solo podía mantener viva la llama del existir gracias a la oración y al apoyo de un amigo con quien podía compartir mis frustraciones, aunque él mismo no pudiera hacer nada más que escuchar. La vida de cocinero fue muy solitaria, era la vida de un esclavo con la conciencia y la voluntad encadenadas, viviendo en una burbuja donde el tiempo y el espacio estaban enrarecidos, distorsionados por el pensamiento y las acciones de un ser anormal y posesivo, pero muy poderoso. Hoy me pregunto si ese poder podía venir de Dios. No lo creo.

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