Inadecuado discernimiento vocacional

¿Qué es necesario el discernimiento vocacional ADECUADO? Es la capacidad y posibilidad de elegir lo que uno libremente quiere hacer de su vida. No es posible hablar de discernimiento donde no hay libertad ni de un “adecuado” discernimiento donde la libertad está seriamente afectada por elementos externos o internos condicionantes y hasta determinantes.

Lo que el SCV hizo durante más de 40 años (desde fines de los 70s hasta hoy) fue generar elementos internos condicionantes y determinantes en los jóvenes a los que ellos se acercaban astutamente, a través de retiros espirituales llamados JMC (Jornada de Meditación Cristiana), jornadas espirituales (Vivencias, Convivio, Encuentros, etc.) o a través de circunstancias especialmente creadas para lograr la captación, como amistades particulares generadas a tarvés de alguna actividad o lazo de familariedad o amistad con un sodálite.

En aquel proceso, los sodálites distinguían a quienes eran hábiles para crear el “rapport” inicial (enganche, hacer picar el anzuelo, seducir u otros sinónimos) y quienes eran más hábiles para lograr la perseverancia. Los sirvientes de Figari no entrábamos en estas categorías porque no hacíamos actividades proselitistas (“apostolado”), puesto que teníamos “otras prioridades”. Nos convencía que nuestro “apostolado” era servir a Figari.

Las frases o expresiones fuertes que implantaban en las mentes de sus víctimas eran tales como “la única manera de ser feliz es siendo cristiano y la única manera como tú puedes ser cristiano es siendo sodálite”, “la vocación sodálite está inserta en tu ser y es, por lo tanto, substancial y no accidental, entonces, no puedes evadirla”, etc.

Una vez que la razón era infectada de una de estas ideas, el “candidato” ya estaba encaminado hacia la vida consagrada en el SCV. Los sentimientos siempre son subordinados a este tipo de ideas y, cuando estos son contrarios a ellas, se deben reprimir, aunque el léxico sodálite dijera “reencausar” lo que realmente se vivía era una “represión” dura y angustiosa.

Los efectos de este tipo de condicionamiento en la mayoría de sodálites (no es en vano que solo queda en comunidad el 30% de los que entraron alguna vez en una comunidad sodálite) causa daños más o menos graves, dependiendo de diversos factores, como, por ejemplo, el grado de oposición interior planteada a la ficticia vocación a la vida religiosa; pero, SIEMPRE causa daños.

En el caso de los sirvientes, se agregan varios agravantes: además de la constante exposición a dichas ideas fuerza durante las 24 horas del día, todos los días, por 20 años, se agregan otros elementos de adoctrinamiento aplicados por el mismo Figari, destinados especialmente a reforzar la confianza absoluta y la dependencia radical (afectiva y efectiva) de él mismo; asimismo, se nos forzó a silenciar el juicio moral sobre la realidad que nos rodeaba, especialmente por los actos que el propio Figari realizaba y por lo que pudiésemos ver en su entorno de poder.

Los sirvientes teníamos claramente como prioritario el servicio a Figari, al punto que no teníamos vida espiritual; es decir, no teníamos hábitos de oración ni prácticas de piedad. Lo que hacíamos era leer y cumplir con los requisitos mínimos para poder dar cuenta al director espiritual del cumplimiento de las actividades espirituales; sin embargo, en la práctica, estas no tenían un lugar protagónico en nuestras vidas. La carencia de esta vida espiritual es otro derecho robado por el SCV. Realmente, éramos unos seres sui generis y no se podría llamar en sentido propio como miembros o integrantes del SCV, pues éramos “de” Figari y no “del” SCV.

Personalmente, puedo dar fe que mi vida espiritual empieza realmente al salir del SCV y encontrarme solo frente a un mundo que avanza velozmente y frente al cual me sentía como quien había desaparecido de su realidad por más de 20 años. En ese contexto, mi fe fue mi fortaleza para no sucumbir en la más radical oscuridad del sinsentido de mi vida en el SCV.

Nuestros caminos fueron “discernidos” por Figari y sus poderosos secuaces. En mi caso, fueron Doig y Figari quienes decidieron el camino de mi vida desde los 17 años, sobre la base de lo que Eduardo Regal y Humberto Del Castillo edificaron en mi mente.

Sobre todo esto debe considerarse que el discernimiento vocacional adecuado es un DERECHO fundamental de la persona humana y, particularmente, de un candidato a la vida consagrada. El SCV cometió un CRIMEN con nosotros —los sirvientes— al impedirnos hacer este discernimiento, pues nos extrajeron de la “formación” de San Bartolo —donde se supone que debíamos hacer ese discernimiento— para trasladarnos al lado de Figari. El modus operandi fue el mismo en los tres. En mi caso, en San Bartolo solo vi una vez a mi “director espiritual” —Jaime Baertl— y fue para revisar mis test psicológicos —como si él fuese un profesional— y NUNCA hablé con nadie en San Bartolo en privado sobre dicha supuesta vocación. Además, Figari estaba en permanente contacto con el superior de la comunidad de formación —Miguel Salazar Steiger— para que este le diera el reporte constante de mi avance. Varias veces Figari me llamó por teléfono para “ajustar” algunos detalles de lo que vivía en este lugar.

Es obvio, creo yo, que ninguno de los sirvientes pudimos estudiar lo que queríamos o aquello para lo cual nos sentíamos llamados o, simplemente, lo que nos gustaba. Si es que pensábamos estudiar alguna carrera, esta debía NECESARIAMENTE servir a los intereses de Figari y el SCV.

La dependencia que se generó en nosotros era, como ya lo mencioné, radical u ontológica. No podíamos imaginar una vida fuera del SCV y, particularmente en el caso de los sirvientes, lejos de Figari. Tan fuerte es la dependencia que me tomó años adaptarme a la separación de este infausto ser humano, por quien estuve dispuesto a dar la vida si hubiese sido necesario.

El forado que quedó en mi autoestima cuando dejo de ser el sirviente y cocinero de Figari es muy hondo y no se llena con nada. Sino que se tiene que, literalmente, aprender nuevamente a vivir, es como un renacer y el consecuente redescubrirse a uno mismo luego de más de 20 años de ausencia y alienación. Ni qué decir de los lazos con la familia nuclear, los cuales, en muchos casos no se recuperan jamás.

La inserción a la vida civil de un sirviente es muy dura porque salimos del SCV golpeados y dañados, a todo nivel, psicológico, físico, espiritual y moral; sin profesión que nos guste o sirva para sostenernos económicamente; sin casa, ni posesiones, ni dinero; salimos desubicados y, como fue mi caso, sin que nadie me esperase afuera para acogerme.

En estos casos, el tiempo NO lo cura todo, se necesita ayuda, paciencia, llevar un duelo —no por la pérdida de un vínculo con el SCV sino por la constatación de haber perdido el vínculo íntimo con uno mismo y con los demás—, incluso, comprensión de la Iglesia y la sociedad. Sin esperar NADA del SCV, que tiene una comprensión limitada de la realidad y que no hace nada para salir de esa burbuja de ficción en la que viven sus miembros, unos en un mundo rosa sin problemas y con mucha, muchísima esperanza en la institución; y otros, en un mundo de corrupción, complots, jugarretas legales, chantajes, lobbies, etc.

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