Figari, ¿pensamiento propio?

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Cuando quiera tu opinión, te la daré yo“, frases como esta eran parte del lenguaje cotidiano superior-súbdito en la formación de las nuevas generaciones de sodálites en San Bartolo y reflejan muy bien lo que se vivía en las sobremesas en la comunidad donde vivía Figari. Los diálogos interminables que acompañaban las comidas donde Figari disfrutaba de un plato distinto y especial, no eran para nada edificantes; todo lo contrario, eran muy tensas porque forzaba el pensamiento de quienes estabamos presentes a sus propios esquemas de pensamiento retorcidos.

Las críticas a autoridades de la Iglesia y a otros sodálites eran constantes en estas sobremesas en las cuales las opiniones valían en tanto eran semejantes a las de Figari. El pensamiento propio era considerado inmediatamente como disidente y hasta subversivo. La conclusión de fondo al final de estos diálogos —monológicos para ser exactos— era siempre la misma: Figari es un ser superior y es “pararayos” del Espíritu Santo.

El ritual de una comida con Figari empezaba con la espera a que él se dignara salir de sus apocentos, todos nos teníamos que poner de pie, en señal de “respeto reverente”, como si se tratara del profeta elegido de Dios. Yo le servía sus alimentos y tenía que estar muy atento a que con una señal me pidiera algo más, ya conocía su lenguaje corporal y sus señas para saber qué le provocaba.

Estos diálogos se realizaban cada domingo después de la Misa, por años, en épocas se invitaba a sodálites de otras casas “para compartir y oír al fundador”. El horario de Misa, el que Figari quisiera, pues él se levantaba de sus largas horas de sueño cuando le provocaba y todos los demás esperábamos impacientes que empezara la Misa. Podía empezar el domingo y terminar, literalmente, el lunes en la madrugada.

Si alguno tiene la imagen de Figari como un gran maestro espiritual, siento mucho informarle que era todo menos “espiritual”, era una persona llena de formas externas y muy pocos hábitos reales de oración, y prácticamente nada de piedad. La “piedad mariana” que se adjudica en su En compañía de María debe haberla tenido de niño porque en su edad adulta no parecía estar presente.

“El que piensa pierde”, podría ser el slogan de un concurso que, en el caso del Sodalicio y frente a Figari, era un estilo de vida. Pensar de manera independiente podía ser muy doloroso. Hacer juicios verdaderos sobre la realidad y ser consecuente con ellos era muy peligroso. Yo aprendí con los años que viví con Figari a mantener una misma expresión facial para protegerme de sus agresiones. Mi rostro era el mismo aunque yo estuviera triste, molesto o alegre. No transmitía mis emociones, las reprimía, me las guardaba para mí mismo y si las mostraba lo hacía en la soledad alejado del mundo y, sobre todo, de Figari.

La vida al lado del “fundador”, como Figari gustaba ser llamado, era muy dura para mí y para otros más que dedicábamos lo mejor de nuestras vidas a servirle como esclavos autómatas, convencidos por su malévola mente de estar cumpliendo así la voluntad de Dios. Nuestras mentes y corazones fueron violentados cotidianamente, para que nuestra voluntad siempre obrara lo que Figari quería de nosotros. Les cuento, eso duele, duele mucho.

Hoy celebro la libertad de pensar y sentir según me lo dicta mi consciencia y doy a gracias a Dios por haberme salvado de esa terrible experiencia al lado del narciso Figari.

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