Figari: genio del mal

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Vincent van Gogh, extraordinario pintor esquizofrénico y Luis Fernando Figari tienen algo en común. Mientras el célebre artista sufría de esquizofrenia Figari sufre del trastorno narcisista. Creo yo que si se quisiera hacer un estudio sobre el modelo perfecto de este trastorno habría que estudiar la vida y obra de Figari.

Acudamos a una simple definición de Wikipedia, por ahora no hace falta más, para comprender al personaje. Narcisismo es el trastorno “en el cual  el paciente sobrestima sus habilidades y tiene una necesidad excesiva de admiración y afirmación“. Esta definición define en gran medida a Figari. Yo lo conocí por más de 20 años y viví con él 18, lamentablemente, atrapado en sus redes psicológicas y artilugios usados para perpetuar su poder sobre las personas que, a diferencia de la mayoría de sodálites, experimenté cada día durante todo ese período de tiempo. Creo yo que eso intoxico mi mente y mi corazón.

La inteligencia de este genio del mal descansa en una habilidad extraordinaria para enceguecer a sus víctimas, siendo muy hábil para cerrar las puertas del alma al conocimiento de la verdad moral. Es decir, al imponerse ante uno como un ser especial capaz de “ver” en la interioridad más profunda del hombre, lograba anular el juicio moral sobre él y la realidad. Es decir, la víctima podía reconocer que algo estaba mal pero era incapaz de denunciarlo o presentar oposición. Es así como este genio maligno se perpetuó en el poder hasta que sus propios discípulos, presionados por la evidencia de sus crímenes sexuales —relatados en Mitad monjes, mitad soldados—, lo arrinconan con dicha evidencia y lo obligaron a dimitir argumentando ante quienes ignoraban las causas verdaderas “motivos serios de salud”.

Lo cierto es que en el momento de la renuncia de Figari como Superior General su salud era muy buena, luego de haber sido operado de la vecícula y haberse salvado de la muerte, se encontraba en un proceso constante de mejoría que incluso lo llevó a aceptar un régimen alimenticio adecuado para remediar su obesidad mórbida y ponerle cierto orden a su desordenada vida.

No pensemos que quienes lo obligaron a renunciar lo hicieron por virtud, ¡no!, aunque así parezca. El motivo más consecuente al pensamiento figariano —dominante en quienes lo obligaron a denunciar— es la transferencia del poder hacia alguien que estuviera limpio de acusaciones, más no de culpa, y pudiera garantizar la sobrevivencia del Sodalicio. En el proceso no hay búsqueda de la verdad ni deseo de vivir la radicalidad del Evangelio, sino simplemente y obsenamente el deseo de manejar de la “mejor” manera la crisis que se veía venir —originada en gran medida por la publicación del libro de Salinas y Ugaz—.

Ojo, no se pensó en ningún momento en excluir a Figari del Sodalicio sino en encubrirlo como era costumbre en esta institución. Sepan que cuando llegó el momento de elegir un superior general en la Asamblea Ordinaria que reemplazara a Eduardo Regal —que asumió la dirigencia del Sodalicio cuando renunció Figari—, los “figaristas” hicieron un lobby escandaloso para que fuera elegido el mismo Earava—candidato de Figari—. Quienes conocen el descenlace saben que quien sucedió a Earava fue Semelle y este hecho hizo estallar en ira a Figari y maldecir tamaño error de los sodálites que participaron en la Asamblea y eligieron a Moroni. ¿Apertura al Espíritu Santo? ¡No! Pura pelea por el poder, estrategia política, juegos de dominación, chantajes, manipulaciones…, estrategias enseñadas por Figari a sus discípulos que lo secundaban en el poder.

Figari dejó el poder cabizbajo y resignado, quienes lo vimos de cerca sentimos pena por él. Sin embargo, él estaba derrotado ante la evidencia del caso del seudónimo “Santiago” publicado en la obra citada. Aunque no lo crean, para mí y algunos pocos más de los que vivíamos al lado de Figari, ese momento, esa derrota, significó una ruptura en el yugo de esclavitud al que estabamos sometidos. A partir de ese momento, progresivamente, yo empezaría a ver la luz de la verdad y a experimentar la libertad que me llevó a descubrir que nunca debí estar en el Sodalicio.

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