Esclavitud moderna: para la grandeza del SCV

Este numeral cierra la primera parte del informe final, dedicada al SCV, y lo hace destacando la existencia de víctimas, que estas desarrollaron actividades que no fueron aceptadas con plena conciencia y voluntad, las cuales sirvieron para que la institución crezca y sí que creció exponencialmente, específicamente en riqueza económica y en víctimas de abusos de todo tipo.

Recordemos que el reconocimiento de la existencia de víctimas le costó muchísimo al SCV. “Víctima” era como una palabra prohibida, que se atracaba entre los dientes y no podía ser pronunciada por las autoridades de la institución. Decían en cambio “afectados”. Sin embargo, a pesar de la resistencia, el superior general hizo público un comunicado en el cual suelta la palabra.

A pesar de este reconocimiento público de las víctimas, en lo privado, el SCV es muy cuidadoso para adjudicar la cualidad de víctima y prefiere vincularla específicamente a Figari. Esto se constata en los contratos extrajudiciales que elaboran abogados de la institución —donde se usa “alega haber sufrido una serie de daños y perjuicios”— para entregar las reparaciones que ellos mismos deciden bajo los criterios dados por especialistas contratados por el propio SCV. Es como si un violador decide indemnizar a todas sus víctimas y para hacerlo “con justicia” contrata a quien le diga cómo hacerlo. Es obvio que la posibilidad de caer en una injusticia, al privilegiar la mejor conveniencia del cliente, es inmensa.

Muchos miembros de la “familia espiritual” del SCV llenaron las redes sociales con comentarios que atacaban a quienes hablábamos de víctimas, y se nos acusaba de estarnos victimizando para “sacarle plata” a la institución y hacerle daño a la Iglesia. La propia Santa Sede fue muy “cauta” en hablar de víctimas pues, al parecer, la información oficial que recibieron las autoridades vaticanas fue muy limitada.

Una de las máximas de Figari se aplica para lo que hasta ahora está descrito aquí: “la historia la escriben los vencedores” y eso es lo que está sucediendo con relación a las víctimas del SCV. El victimario decidió quiénes eran víctimas según su conveniencia y, como si esto fuera poco, jugó los roles de juez y parte al momento de determinar las reparaciones para las víctimas, aplicando el criterio de conveniencia de una manera descarada. Es decir, dieron reparaciones de acuerdo a su presupuesto y no a la justicia. La determinación de este “presupuesto” fue tan mezquina como se le puede imaginar. Ojo, esto me lo confirmó el propio superior general en mi cara y quedó registrado. Sin embargo, la historia la escriben los vencedores —y los más fuertes, como es el caso del SCV—.

Además, el SCV pidió explícitamente que en el proceso la víctima no fuera representada por un abogado. Es decir, siguiendo con la figura usada, obligaron a que la persona violada se sentara sin defensor legal a escuchar cómo sería reparada por su violador. Algo inaudito en cualquier lugar del mundo. Sin embargo, sucedió en Perú y bajo el contexto de una institución de la Iglesia Católica ofreciendo reparaciones por los maltratos y abusos cometidos por su “fundador” y bajo la complicidad de sus principales autoridades, durante casi 20 años. Esta es la concepción de justicia que tiene el SCV.

Como si todo esto fuera poco. Las víctimas tuvieron que realizar actividades en distintos ámbitos —cocina, informática, asistencia, etc.— sin que esto fuera en ejercicio auténtico de la libertad sino, más bien, bajo un esquema de esclavitud moderna que permitió que el SCV crezca materialmente, en número de miembros y en riqueza económica. Esto se desarrolló a costa del crecimiento personal de las víctimas, como es el caso de Joroco, el filósofo que nunca quiso estudiar filosofía y que no pudo ejercer su carrera, al cual nunca se le dejó estudiar informática —que le apasionaba— y se le obligó a cocinar bajo disponibilidad absoluta, perdiendo 20 años de desarrollo profesional y ganando un tiempo semejante de maltrato, estrés, etc., etc., de lo que sabe Dios cuándo podrá recuperarse, si es que no está entre los que quedaron permanentemente inhabilitados para la vida civil.

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