El sexo sentido

No es un error tipográfico sino la tragedia de una sexualidad infelizmente considerada como vehículo de pecado e infidelidad al bendito “Plan” de Dios —releído por Figari, superiores y directores espirituales—. El determinismo filosófico de muchos sodálites —encabezados por el mismo “fundador”— se expresa en una antropología del pecado y de una naturaleza determinada por la “vocación”.

En esos parámetros, si Figari te echaba el ojo y te conducía sutilmente a enfrentarte a la vocación a la vida consagrada en el SCV, no había escapatoria a la vida célibe y toda su artillería de argumentos sofistas manipuladores se dirigiría a crear en ti una culpa del tamaño del universo si no aceptabas vivir bajo ese estado de abstención total del ejercicio de la genitalidad.

No digno que no pueda haber una opción libre al celibato en el caso de los sacerdotes o consagrados, pero, es justamente una opción LIBRE, sin manipulaciones. Si Dios mismo no obliga a nadie —Figari pensaría distinto— con qué derecho un hombre puede obligar a asumir una exigencia tan grande como el celibato. Ojo, el obligar no solo se da mediante la fuerza de los puños sino también mediante el uso sofístico de la razón, haciendo que una argumentación falaz sujete la voluntad a tal punto que la libertad se esfuma. Para quien no crea en esto que baste la verificación científica de las decenas de víctimas del SCV.

Dentro del determinismo sodálite, Dios no te da una alternativa, no es misericordioso ni se adecua a la humanidad y su fragilidad para amar, sino que condena a un llamado que puede no gustarte ni realizarte de manera plena, aunque “teóricamente” según la ideología sodálite, la vocación es el camino de realización plena —lo cual es cierto siempre y cuando sea una opción libre frente a un llamado suscitado por Dios y no por un hombre—.

En cuanto a la realización personal, la dificultad que había en el SCV —especialmente hasta el año 2010— para escoger los estudios de acuerdo a los propios gustos y capacidades, ahondaba en una frustración muy grande en quienes tenían que asumir un estado de vida célibe que era impuesto por “Dios”. De manera que la vida propia se convertía en una constante lucha por asumir algo que hacía crujir a nuestra libertad y deseos más profundos —por más puros que estos fueran, como es caso del deseo de tener una familia—.

Por lo tanto, la familia pasaba a ser un obstáculo y un ámbito en el cual el célibe se enfocaba especialmente en los aspectos negativos y en las “limitaciones” de este estado de vida, uno se terminaba convirtiendo en un “consagrado amargado” como describen los padres de la Iglesia a quienes no viven felices con su vocación y ven con amargura a los que tienen una vocación diferente.

Las paredes de la esclavitud de la propia sexualidad eran gruesas y ocultaban una terrible soledad y tristeza, además de la distorsión de la afectividad que no encontraba en la vida comunitaria un espacio adecuado para desenvolverse y desarrollarse, no porque la vida comunitaria fuera mala en sí misma sino porque muchas veces esta era una suma de individualidades heridas y esclavizadas por el yugo del “Plan” divino.

Hagamos un ejercicio. Supongamos que fuera cierto que un hombre pudiese ser intermediario entre Dios y otro ser humano, al punto que pueda indicarle a este último cuál es su vocación, este hombre tendría que ser muy puro para poder percibir la voz de Dios; sin embargo, Figari no era nada puro según testimonian sus víctimas, que no son pocas. Pero bueno, digamos que Figari falló, entonces recurramos a Godoko y otra vez nos toparemos con la imperfección especialmente en la vivencia de la castidad, si seguimos así, ¿qué sodálite puede dar la talla para oír la voz de Dios y transmitirla con nitidez a autoridad moral a otra persona?

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