Economía en el SCV: asunto reservado

Más allá de los detalles de las finanzas del SCV, de las cuales se sabe muy poco dentro y fuera de la institución, es importante recalcar que, según el informe final, el manejo económico “era y es reservado”. En los primeros años, desde que Figari asume el poder absoluto en el SCV, las finanzas estaban a cargo del sacerdote Jaime Baertl, Juan Carlos Len y José Ambrozic. Sin ser los únicos que intervenían en dichas labores, eran quienes tenían acceso a información “clasificada” y movían los montos gruesos de dinero. En lo cotidiano, las comunidades recibían algunos aportes de Ernesto Vallejos, a través de la Asociación Promotora de Apostolado (APRODEA).

El carácter “eclesial” del SCV permitió que algunas empresas aprovecharan la exoneración tributaria que beneficia a la Iglesia en el Perú en su labor apostólica que, se supone es en beneficio de la sociedad.

Con el correr del tiempo y el crecimiento de la organización, Figari y la cúpula de poder comprendieron que obtendrían mejores resultados en el manejo económico si este quedará a manos de expertos. Asimismo, llegaron a la conclusión que la presencia “oficial” de Jaime Baertl en las gestiones económicas de la comunidad generaba una mala imagen del sacerdote, entonces, este empezó a ejecutar sus labores financieras con un perfil bajo.

Este perfil bajo no impidió que el sacerdote sodálite siga trabajando en mejorar los contactos, por ejemplo, ahondando en la amistad estratégica con la familia Cueto, una de las más poderosas de Chile. Asimismo, se diversificaron las inversiones, aprovechando las oportunidades y la coyuntura económica del Perú, se incursionó en el rubro agrícola e inmobiliario, con mucho éxito, dicho sea de paso.

Todo esto llevó al SCV a funcionar, en lo económico, como una corporación de gran dimensión, facturando millones de dólares al año y contando con un staff de profesionales que están distribuidos por áreas de inversión y especialidades. Además, el espacio de Lizardo Alzamora les quedó corto hace algún tiempo y empezaron a funcionar en el centro empresarial Camino Real, todo esto en San Isidro en las inmediaciones de la casa que Figari heredó de su familia.

Llama mucho la atención, sinceramente, que una institución que se considera “de vida consagrada” al apostolado, funcione económicamente como una empresa agroindustrial y que posea más de dos mil hectáreas destinadas a la agricultura en Piura, entre otros negocios gruesos. Pero esto no es lo que más llama la atención, creo yo que lo más grave es que de la generación de los llamados “superiores mayores” o miembros de la generación fundacional, aquellos que estuvieron más cerca de Figari, el supuesto “receptáculo del carisma fundacional” dado por el Espíritu Santo a la Iglesia a través del SCV y que, por lo tanto, guardan la responsabilidad de sistematizar y transmitir dicho “carisma” a las siguientes generaciones, estos miembros de la cúpula de poder no son modelos de virtud ni de vida espiritual al interior de la comunidad, para nada, sino que son personas dedicadas a la administración de los recursos abundantes del SCV, tienen una vida considerablemente más cómoda que la del resto de sodálites y, además, como si todo esto fuera poco, participan de una vida paralela en la cual se reúnen entre ellos, manejan influencias “muy mundanas” y contactos fuera de la comunidad, que no son cooperantes del SCV y su “misión apostólica” sino de oscuros negocios cuyos frutos solo ellos conocen y manejan.

Para información, los sodálites que han hecho su profesión perpetua (equivalente a votos perpetuos de los religiosos), son considerados, según las Constituciones del SCV aprobadas por la Santa Sede, como “miembros de derecho pleno” y, por lo tanto, tienen el derecho de estar informados de las actividades económicas de la comunidad; sin embargo, esto no sucedió ni sucede en el SCV. Durante los más 10 años (2000-2014) que fui profeso perpetuo, a pesar de ser una persona de confianza para el consejo superior y el propio Figari, NUNCA fui informado de los balances financieros ni detalle alguno del manejo económico de la institución y, más bien, a pesar del trabajo servil que realicé para la institución —particularmente para Figari— por 20 años, tuve que vérmelas para pagar mis estudios de filosofía los dos últimos años, comprarme ropa, la computadora que necesitaba para hacer los trabajos que el gran pashá me ordenaba hacer, libros para estudiar, pasajes para viajes que no tenían nada que ver con Figari, la gasolina del carro cuando salía a visitar a mis padres, etc.

A todo eso se refiere la Comisión, vilmente desconocida por el SCV y sus legítimas autoridades.

Nota: los mencionados no son todos los actores económicos, faltan nombrar algunos otros miembros de la oligárquica cúpula de poder, y otros que no pertenecen al SCV y que, en consideración a sus familias, es mejor no nombrar.

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