Daños psicológicos

Este tipo de daños se vincula íntimamente con los otros tipos de daño sufridos por las víctimas del SCV, particularmente con los que han sido producidos por las “prácticas de sobre exigencia física irrazonable” pues, según un principio antropológico universal, el ser humano es una unidad. Las exigencias físicas pusieron en riesgo a las víctimas, incluso en peligro de muerte. Lo cual, como se puede deducir del principio mencionado, afecta seriamente la psiqué de la persona, al punto de generar o agravar traumas.

Más allá de los maltratos físicos en el SCV se vivió una constante, irresponsable e intensa manipulación de la psiqué, con la finalidad de moldearla a una particular aproximación a la realidad distorsionada —a la que hemos llamado subcultura o “burbuja”— en la cual la renuncia a la propia libertad era imperativa.

Sobre la base de la severa afectación de la libertad —la cualidad de la libertad humana no puede ser suprimida, pero, como se vive en experiencias extremas de sectas, esta puede quedar gravemente comprometida al alterarse el juicio moral—, se implanta un estilo de vida en el cual el fin justifica los medios, dentro de un contexto pleno de categorías religiosas que disfrazan el despliegue de actitudes carentes de valores como la extorsión, manipulación, vejaciones, etc.

La subcultura sodálite se constituía con una mezcla de cristianismo y sadismo demoniaco que, dentro de una dinámica de fanatismo, se expresaba con crueldad —por ejemplo— en cuanto a las relaciones personales bajo el llamado “infighting“(1), en el cual se desnudaba lo más privado para que, una vez que el alma quedaba expuesta en carne viva, todos los demás, cual buitres ambrientos, participaran del festín de un cadáver viviente que lo último que podía hacer era tratar de defenderse, porque la “humildad”, que es “andar en verdad”, tenía que expresarse en el silencio frente a la “corrección fraterna”. Siempre, los demás sabrán mejor que uno mismo cuál es tu propia verdad.

Los principales responsables de la instauración de esta subcultura generada desde una concepción antropológica distorsionada, que pone en el lugar de Dios —o del valor supremo de la vida— a la voluntad de un hombre, son Figari mismo y sus discípulos más cercanos —Figari y quienes lo suceden en la estructura piramidal de poder—. Uno de los aspectos claves, en el cual se expresa esta deformación, es la concepción de la vocación religiosa “intermediada” en la cual siempre hay un tercer personaje que “media” entre Dios y el hombre. Cuando Jaime Baertl me dice claramente que él sabe indubitablemente, con total certeza, que yo tengo vocación, está siendo un mediador entre Dios y yo, al punto de arrogarse un derecho sobre mi propia libertad y conciencia, luego del cual deviene la condenación eterna a la infelicidad si no obedezco a su dictamen —el de Baertl—.

Siguiendo con lo dicho sobre la percepción equivocada de la vocación, su imposición sobre la libertad de la persona produjo en muchos sodálites un conflicto interior muy profundo que nos obligó a vivir —sin saberlo— una constante mentira existencial —pues, dicha vocación puede nunca haber existido— para poder sobrevivir en un ambiente donde la voz de Figari y de sus visionarios discípulos —como Jaime Bertl y Eduardo Regal— fue impuesta como si se tratase de la voz de Dios mismo.

Para los 3 que fuimos sirvientes de Figari, y probablemente algunos más, la constante exposición al juicio represor de nuestras conciencias oprimió de tal manera nuestros anhelos y sueños más legítimos que nos ha producido un nivel de estrés altísimo y nos obliga a recuperar el juicio moral, la libertad herida y la autoestima, además de habilidades sociales.

El daño a la autoestima para quienes fuimos esclavizados es muy severo, porque se nos destinó a labores muy particulares que, lejos de producir realización o satisfacción personal o algún tipo de recompensa, permanecía en el anonimato y dentro del ámbito de una cuestionada moralidad —la del superior general y el superior de la comunidad (Ignacio Blanco) que usaron nuestras capacidades para bien de una institución que en su círculo más íntimo realizó actos corruptos—. Al recuperar la libertad, abandonando el SCV, dichas actividades no producen mayor rédito en nuestras vidas profesionales y la consecuente inserción en el mercado laboral, sino más bien pueden implicar una pesada carga.

Para Fernando Vidal, Alessandro Moroni y otras autoridades del SCV —quienes viven cómodamente instalados en sus casas, paseando con sus autos, viajando, sin carencia de comida ni alcohol, bajo la admiración de decenas de aduladores—, la solución para quienes fuimos esclavos de Figari, al salir del SCV, es literalmente rehacer nuestras vidas, al punto de empezar una nueva carrera luego de los 40 años para empezar a luchar por una posición de trabajo que permita mantener una vida digna, al tiempo que garantice la necesaria tranquilidad para recuperarnos de la traumática experiencia sufrida. Como diría Vidal: “esta es tu realidad”, vivir en un cuarto, en una zona marginal y, poco a poco, empezar una vida, como si fueras una persona a la cual se le arroja desnuda en una selva salvaje para que sobreviva; además, una persona herida.

Aquellos que nos exclavizaron viven cómodamente(2), disfrutando del fruto de nuestros trabajos impagos, de nuestros desvelos, lágrimas y lamentos. Justifican su inmoral paz en sus conciencias con una ridícula intensión de ayudar a las víctimas, mas no con la aceptación de la necesidad de reparar justamente a quienes perdieron sus mejores años de juventud al servicio de un ser enfermo y una institución hecha a su medida. La experiencia en el SCV no es algo que se puede ponder en una balanza para sopesar lo positivo y lo negativo, de manera que, bajo una ingenua actitud positiva, lo positivo pese más y así se pueda “dar vuelta a la página” y seguir adelante, como si nada hubiera pasado o como si el tiempo en el SCV hubiese sido una verdadera bendición. A los tres sirvientes de Figari NOS ARRUINARON LA VIDA, no hay vuelta atrás, no hay cómo seguir adelante como si nada hubiera pasado y, lo que resta de nuestras vidas, tiene límites reales que no hubiésemos tenido si no hubiéramos formado parte del séquito de sirvientes del pseudo fundador del SCV.

No es prudente para mí exponer mis miserias en este escrito; sin embargo, los informes profesionales sobre los daños psicológicos sufridos durante mi vida en el SCV son contundentes. Parte de ello está reflejado en el informe final de la Comisión —curiosamente desconocido por el SCV y casi ignorado en el informe de los expertos internacionales—, esto y mucho más lo conocen quienes deben conocerlo, como la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica —a cuyo Secretario, Mons. José Rodríguez Carballo, he hecho llegar toda la información necesaria—, Mons. Noel Londoño —Comisario de la Santa Sede para el SCV—, el Cardenal Juan Luis Cipriani, Alessandro Moroni Llabrés (superior general del SCV), entre otras autoridades eclesiales dentro y fuera del Perú, congresistas, abogados y otros miembros de la sociedad —que, sin conocer tanto detalle, tienen todos los elementos necesarios para realizar un juicio crítico que conduzca a práctica de la justicia—.

 

(1) “Competition between people within a group, especially to improve their own position or to get agreement for their ideas” (“compentencia entre personas dentro de un grupo, especialmente para mejorar sus propias posiciones o para conseguir un acuerdo sobre sus ideas”) (https://dictionary.cambridge.org/es/diccionario/ingles/infighting).

(2) La Santa Sede le ha pedido al SCV que provea a Figari de todo aquello que necesite para llevar una vida digna… ¿Y yo?

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