Daños físicos

Cuando un exsodálite lee este acápite inmediatamente evoca la experiencia vivida en San Bartolo, en las casas de “formación” que el SCV mantuvo allí desde 1984 hasta hace 3 años aproximadamente. Sin embargo, en muchos casos, los daños físicos se perpetuaron desde tiempo antes, desde el período de aspirantes, cuando la posibilidad de ingresar a la institución era clara y el adoctrinamiento se hacía más intenso.

Humberto Del Castillo nos daba castigos cuando fallábamos a los compromisos hechos en las reuniones de “instrucción” —como aspirantes al SCV, de 16 a 18 años a mi caso—. Recuerdo haber tenido que caminar por kilómetros, comido ají licuado —con venas y pepas—, hecho planas, decenas de planchas y abdominales, etc. Es más, no era necesario hacer “algo malo” para este tipo de dinámicas “formativas”. En alguna ocasión realizamos una guerra de cachetadas, para evidenciar al más cobarde y al más fuerte.

Después de los más de 25 años transcurridos, quienes fuimos aspirantes los años 90 y 92, aún guardamos heridas de la humillación propia o ajena. En las reuniones semanales se promovían dinámicas que exaltaban el racismo y glorificaban una cultura de fanatismo y orgullo por formar parte de una “santa milicia”, mezclándose el uso amateur de la psicología con técnicas de adoctrinamiento orientales y militares.

Las experiencias comunitarias eran un espacio en el cual se medía hasta dónde podía llegar el aspirante en su “entrega” por la misión. En la práctica, era probar qué tanto maltrato y humillación era capaz de soportar e infringir la persona a su semejante. Pues, no solo se trataba de resistir el abuso propio sino el no escandalizarse ni cuestionar el que sufrían los demás. En todo esto, se adoctrinaba a los aspirantes a tener una obediencia ciega, sin límites reales, sin considerar la dignidad humana ni los derechos fundamentales de la persona.

A partir de 1991, las pruebas comunitarias pasaron a llamarse “experiencias” comunitarias, se acortaron en duración y empezaron a realizarse en la comunidad San José (Santa Clara), facilitando que el propio Figari tuviera contacto con los candidatos y “guiara” a las personas a cargo de estas experiencias. A mí me tocó estar allí en octubre, con otros tres. Yo fui el último de los cuatro en abandonar el SCV y a todos se nos adoctrinó con la aplicación de diversas técnicas “psicológicas” como quitarnos la ropa bajo una tenue luz, hasta quedar en ropa interior, y hacernos preguntas que buscaban evidenciar posibles rasgos de homosexualidad; balancear el peso de nuestro cuerpo sobre nuestro abdomen mientras sosteníamos nuestros tobillos con las manos, con el riesgo de golpearnos el mentón duramente contra el suelo, etc.

Desde febrero de 1992 hasta mayo de 1993, mientras viví en San Bartolo para cumplir con mi etapa de “formación inicial”, no viví “nada extraordinario”. Sin embargo, la dinámica era suficientemente exigente como para que varios miembros de la comunidad estuviesen enfermos, con diversas afecciones musculares y nerviosas en la espalda que les impedía hacer ejercicios físicos se manera “normal”. La privación de sueño era cotidiana y acompañaba la exigencia física extrema y las dinámicas de invasión psicológica. Nadar de madrugada, enfrentar olas inmensas —algo traumático para mí—, ser “fusilado” a pelotazos por Gonzalo Len, dormir sobre tablas o en los fríos escalones de Guadalupe, quedarse sin comida por no hacer el nudo de la corbata, etc. Los años anteriores y los que siguieron —desde que Óscar Tokumura fue superior de las casas de formación— fueron peores, mucho peores. El objetivo del “proyecto de formación” era mantener una exigencia física y psicológica semejante a la que se realizaba en el entrenamiento de comandos militares.

Dios sabrá por qué, Figari escoge a varios de sus sirvientes y colaboradores —cocinero, secretario, diseñador y fotógrafo— más cercanos entre los que empezamos la vida en comunidad entre los años 91 y 92. Lo mismo sucede con quienes rodearon a Germán Doig. Durante el año 91 formé parte, junto a otros —como Ignacio Blanco— de la secretaría de Doig, y trabajé para él ordenando y catalogando los libros de su biblioteca, además de otras labores intelectuales. Hubo mucha cercanía entre los que rodeábamos a Figari y Doig, además de elementos raciales y elevada capacidad intelectual —por no entrar en detalles del tipo de inteligencia, aquí me refiero a aquella que se mide con el coeficiente intelectual—. Otro factor común es el origen arequipeño de varios entre nosotros.

El caso de Ignacio Blanco, dentro de esta historia, es curioso. Su cercanía a Figari y Doig era tan intensa que, cuando sufrió una lesión en la cabeza jugando fulbito, viajó a Estados Unidos acompañado de Jaime Baertl para que lo analicen mejor. Como precaución, Figari le prohibió realizar actividad física por años, por lo cual nunca fue a San Bartolo ni participó de la experiencia comunitaria como otros. Según recuerdo, lo que se nos dijo a los demás —los que sí fuimos a San Bartolo—, él realizó una formación inicial distinta viviendo con Figari desde el año 92. Los demás que fuimos escogidos para ser sirvientes solo tuvimos un año de formación y no tuvimos la oportunidad de hacer discernimiento vocacional (1).

Luego, a partir de 1993, cuando yo vivía en San José, fui testigo, desde el lado de quienes dirigían las experiencias, de abusos y maltratos, incluso se me obligó a participar de ellos. Aquí sucede algo muy paradójico, en cuanto a la vida cristiana se refiere, porque el SCV motivaba a sacar lo peor de uno mismoFigari mismo participaba de las dinámicas de tortura como la “terapia” de cosquillas —en la cual se sometía a la víctima a la provocación de cosquillas por parte de todo el resto de la comunidad mientras se le sujetaba para impedir el movimiento—, con la cual perdí la sensibilidad a las cosquillas; soportar el masajeador eléctrico —que se conectaba a las abdominales u otras partes del cuerpo para luego conectarlo a su máxima potencia—; cachetadas o golpes para obligar a la víctima a no pensar —no crear una justificación para alterar la verdad— y decir lo primero que se pasara por la mente —lo demás era mentira—; mantener los brazos extendidos por largos periodos de tiempo, para probar la resistencia, etc.

Además, estas dinámicas se realizaban en público, de manera que al dolor físico se agregaba la humillación totalmente ajena a la caridad cristiana. Cuanto más cerca estuviera Figari, más duras podrían ser las dinámicas, refuerzos conductuales, castigos o como se les haya llamado —la manipulación del lenguaje, al modo de Animal Farm, era muy sodálite—, aunque más que el rigor físico lo que producía el gran pashá en sus víctimas era sumisión, temor, frustración, vanidad, etc.

Los tres que vivimos como sirvientes de Figari sufrimos, durante más de 18 años, de constante maltrato y privación de sueño —y su necesaria calidad—, es decir, dormíamos poco y en malas condiciones debido al excesivo estrés al que estábamos sometidos. El estrés no solo era físico, en cuanto a la cantidad de horas de trabajo diario —de lunes a domingo—, sino que también era causado —en gran intensidad— por las angustias existenciales propias de una vida de esclavitud, sin libertad auténtica y rodeados de normas absurdas, represiones, desconfianzas, casi sin contacto con el mundo exterior —especialmente de la familia y amistades—, con todo controlado —hasta el peso—, sin poder pasear en bicicleta, etc. En ese estado, casi la mitad de la comunidad —los tres sirvientes que salimos del SCV y el p. Jürgen— tuvimos que vivir con terapias para poder sobrevivir a esta situación de exigencia extrema y constante.

Desde que salí del SCV necesité dormir muchas horas durante el día y, aún así, mi fuerza física disminuyó muchísimo y experimenté un agotamiento terrible. Las marcas que conservo de mi vida en el SCV no son evidentes a simple vista, sino que están en el alma. A pesar de ello, tengo aproximadamente 8 años realizando diversas terapias y viviendo bajo una medicación —4 años dentro del SCV y 4 después de salir, hasta ahora— que tiene efectos físicos, tales como el aumento de peso, el cual pone en riesgo mi salud haciéndome propenso a la hipertensión, entre otras cosas. Mi pronóstico médico es reservado.

 

(1) El discernimiento vocacional que se realiza antes de entrar a comunidad es diferente al que se realiza viviendo en comunidad. Además, según reconoce el código de derecho canónico, el discernimiento vocacional es un derecho del candidato y una obligación de la institución hacia este.

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