Daños espirituales y morales

Algunos de los que entraron al SCV tenían fe y eran católicos practicantes, otros, solo lo eran de nombre y algunos pocos fueron conversos del luteranismo o judaísmo. Sin embargo, de todos estos, la gran mayoría salió de la institución decepcionada de la Iglesia, confundidos, dañados en su fe y espiritualmente victimados por una institución con una gigantesca y “sólida” etiqueta católica que era tan falsa como espléndida.

La más grande prueba para mi fe en Dios y confianza en su Iglesia no la viví en la adolescencia ni ante un hecho de dolor —como la pérdida de un ser querido o un accidente trágico—, sino que la viví en el SCV, pasando 18 años cerca del “líder espiritual” Figari y su cúpula de poder —Eduardo Regal, Jaime Baertl, entre otros—. Durante los últimos 8 años vengo luchando contra un culto inconsciente a la figura —deforme y enferma— de Figari, quien se hizo un Dios para nosotros, especialmente para quienes fuimos sus sirvientes. Pasé todo un año —lejos de él— dedicado a comprender algo que hoy parece evidente para muchos: Figari no es un ser especial, ni santo y, mucho menos, normal, sino una persona enferma y peligrosa.

Los daños espirituales son los más graves y difíciles de sanar y afectan a todo el ser, al punto tal que se pueden sufrir graves enfermedades físicas o psicológicas, a raíz de conflictos o desórdenes espirituales profundos. Además, hay experiencias, como el perdón, que tardan muchos años en lograrse. El perdón y la culpa, que van tan de la mano, siempre fueron un asunto complejo en el SCV, mal comprendido. Creo yo porque esta institución nace de una persona enferma y no de una experiencia religiosa, y perdura en personas que también adolecen de una visión espiritual de la existencia, que viven inmersos en los “criterios del mundo” —según la ideología sodálite—. Como lo he dicho otras veces, no hay en el SCV ningún “modelo de virtud”, especialmente entre los miembros más antiguos y más cercanos a Figari, los llamados el “núcleo fundacional”.

Los primeros sacerdotes del SCV, sobre todo ellos, predican sobre el pecado de una manera muy negativa, que parece desconocer la misericordia de Dios y hacer, aquí en la tierra, un juicio de aquellos que no piensan como uno o que “son del mundo”.

Uno de los lemas más importantes para el sodálite, en los primeros tiempos, era “estar en el mundo sin ser del mundo”, porque los primeros sodálites anhelaban tener una vida laical en la que pudieran llevar a cabo sus proyectos personales, acompañados de otros jóvenes que anhelaran lo mismo, dentro de una vivencia coherente de la fe de la Iglesia y bajo la guía del sacerdote marianista Haby. Sin embargo, este proyecto de vida se quiebra cuando dicho sacerdote y Sergio Tapia se desvinculan del SCV y dejan a Figari asumiendo todo el poder solo.

No hay doctor humano que pueda sanar las heridas espirituales, solo el tiempo, la esperanza, la fe y el amor pueden permitir un cambio real, mas no se podrá llegar a ser el mismo joven entusiasta que entró al SCV para “cambiar el mundo” y hacerlo más cristiano.

El SCV me enseñó a ser más egoísta, a sentir una culpa profunda por crímenes y faltas que no cometí y por errores que no eran pecados sino gritos silenciosos que surgían de lo profundo de mi ser, fruto de una mutilación de mi libertad y del atropello de mis derechos fundamentales. En el SCV olvidé cómo sonreír y aprendí a expresar una careta falta, especialmente ante Figari, para proteger mi interior de sus asesinos dardos y manipulaciones. Aprendí a sobrevivir y no a vivir, a tal punto que me convencí de que la vida era eso: sobrevivir, sin más horizontes ni con la posibilidad de hacer lo que más quisiera ni ser realmente feliz.

“Vivir” de esta manera carcome la vitalidad, literalmente, enferma y le quita el sentido al vivir, se desea la muerte, te separa de Dios porque no puedes ver a la cara a quien se supone estás sirviendo y te hace la vida imposible. Prefieres morir y, como sabes que quitarte la vida no soluciona nada y te llevará al infierno, tampoco eres capaz de morir. Ni vida ni muerte, se experimenta un vacío oscuro en el cual las lágrimas y la soledad son los mejores amigos y, claro, la tenue e ingenua esperanza que todo aquello acabe por causas naturales y sin más sufrimiento.

Los daños morales se desprenden de la incapacidad fáctica para discernir con claridad el bien y el mal por uno mismo. Es decir, el sodálite no distingue por sí mismo, con su propia libertad, qué está bien o qué está mal, lo hace en base a lo que le dicen, en el caso de nosotros —los sirvientes— este discernimiento lo hacía cotidianamente el mismo Figari y el superior de la comunidad —primero Eduardo Regal y luego Ignacio Blanco—. No existía temor más grande que desobedecer la voz y la voluntad del superior. Este terrible daño no es tan sencillo de sanar, porque a una edad ya avanzada se tiene una conciencia moral deformada a un nivel prácticamente infantil, en el cual recién se aprende a hacer juicios morales —a partir de los 5 años—.

¿Quién ve estas heridas? ¿Un médico? ¿Un sacerdote? ¿Un psiquiatra? ¿Un psicológo? Pues, todos estos juntos y más.

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