Daño a la Iglesia

La Iglesia certificó al SCV, a mi juicio muy apresuradamente, como un medio apropiado para desarrollar una vida cristiana y alcanzar la santidad —vivencia coherente de las virtudes cristianas—. No digo “camino de vida cristiana”, porque Figari —en su autosuficiencia y complejo de inferioridad— detestaba que se pudiese relacionar al SCV con el Camino Neocatecumenal, a cuyo fundador literalmente consideraba un payaso y egocéntrico, incapaz de tener una visión eclesial de su movimiento.

En el proceso de institucionalización, solo le bastaron 2 años a los lobistas del SCV conseguir la aprobación pontificia de manos de Juan Pablo II, luego de haber obtenido la aprobación diocesana de S.E. Cardenal Augusto Vargas Alzamora, quien fue apoyo y aliento constante —junto a varios obispos más— para conseguir la bendición definitiva de Roma.

Este hecho pone en aprietos, el día de hoy, al Papa y la Santa Sede porque, si este decidiera cerrar el SCV tendría que reconocer, por lo menos de manera implícita, que San Juan Pablo II cometió un error al aprobarlo. No solo eso, también “oficializaría” el error de varios obispos que dieron su aprobación a esta institución. Aunque se pueda decir que hubo error, seamos justos, no podemos afirmar que hubo culpa pues, si en algo son geniales Figari y sus discípulos más cercanos, es la maestría en el disfraz y el engaño —algo que tienen en común con Bernie Madoff—.

Muchas personas, incluidos obispos y sacerdotes, apoyaron a una institución de vida cristiana que, en el papel y desde afuera, parecía ser muy solvente moral y doctrinalmente. Sin embargo, como menciona este acápite del informe final de la Comisión, el SCV promueve prácticas “absolutamente contrarios” a los principios de la fe cristiana. Algunos han reprobado públicamente dichas prácticas; sin embargo, algunos guardan silencio y, con ello, crece una complicidad escandalosa.

Aquí la Comisión vuelve a poner el dedo en la llaga, porque, aunque el SCV tenga muy grande y luminoso el cartel de “soy católico y estoy orgulloso de serlo” y parezca “más papista que el Papa”, en la práctica, el SCV —como institución— se orienta por principios que reniegan constantemente de los principios cristianos y, si posamos nuestras miradas en personas en particular —miembros activos de esta institución— veremos también que muchos —en especial, los mayores— son cualquier cosa menos ejemplos de virtud.

No es raro, entonces, que cada vez más miembros del SCV abandonen la institución. Entre ellos, un obispo y varios sacerdotes, entre los cuales, hay varios que han dejado el ministerio sacerdotal porque descubrieron que habían caído dentro del esquema de dominio mental implantado por Figari y perpetuado por su cúpula de poder. Ellos habían aceptado un ministerio sagrado al cual realmente nunca se descubrieron llamados —el llamado que debiera ser entendido como confluencia armoniosa de voluntad divina y libertad humana, no como voluntad del superior o de Figari—.

La Iglesia Católica tiene varios años sufriendo en silencio por los abusos, maltratos y violaciones del SCV y de varios miembros de esta institución, que no solo faltaron a sus compromisos, sino que hicieron habituales prácticas que externamente ellos mismos señalaban como pecaminosas y deleznables. Usando una terminología habitual de Figari, quienes señalaban a sus súbditos como “traidores de su humanidad” al cometer alguna falta, eran ellos mismos unos maestros de la traición, colmados de vicios que socavan cotidianamente el trascendental mandamiento del amor.

Soy testigo, además, de cómo se usa HOY el nombre de la Iglesia y la vida consagrada para justificar los abusos cometidos por el SCV, particularmente, la esclavitud moderna a la que fuimos sometidos los sirvientes de Figari, a la que los grandes “maestros espirituales” del SCV quieren considerar como parte de las tareas propias de una persona que lleva una vida consagrada en la Iglesia. Con lo cual se busca que dichas prácticas infrahumanas no sean juzgadas por la justicia civil, ni por la Iglesia, ni por nadie, sino que sean simplemente consideras como trabajos propios de un consagrado.

Al describir esto, que es real, que la Comisión pudo captar y expresar con mucho dolor en su informe público y en los informes privados, no buscamos victimizarnos, nada más lejano a ello, sino descubrir la verdad que, aunque parece repugnante para muchos, es “comprensible” y no debe insistirse en hablar de ella porque “revictimiza a las víctimas”, daña a la Iglesia y hace daño a una institución que “tanto bien hace”. Cuando en realidad, libera a las víctimas, a la Iglesia y a quienes, aun dentro de la institución, son ciegos y no pueden ver lo que realmente es el SCV y aquellos personajes que se han posicionado en ella desde los inicios hasta hoy, enriqueciéndose, colmados de vicios y dando a su cuerpo total satisfacción de sus deseos a costa de la libertad y la salud física, mental y espiritual de otros.

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