Contra la legalidad

Algunas personas se preguntan ¿cómo los padres pudieron permitir que sus hijos entraran al SCV? Son varias las posibles respuestas, pero siempre destacan: porque no sabían lo que realmente era el SCV y porque los propios hijos se fueron involucrando mediante engaños a los padres.

El SCV proyectó una imagen de santidad y ortodoxia en la fe, que llevaba a los padres a confiar que, pese a las torpezas relacionales de quienes dirigían este grupo de jóvenes, sus hijos estaban siendo educados en la fe de la Iglesia y, además, constataban que este sano “adoctrinamiento” producía en sus hijos un cambio de conducta real: dejaban las malas juntas, rezaban el Rosario e iban a Misa todos los domingos, mostrando en todo ello una disciplina que ni los propios padres ni el colegio habían podido inculcarles. Agrégase a eso que los años 80 y parte de los 90, el Perú pasó por una dura situación de terrorismo que produjo una gran inseguridad social y el saber que sus hijos no estaban expuestos en la calle sino que estaban junto a otros jóvenes en lugares seguros, residenciales y cercanos, producía otro tanto más de confianza que en ese entonces era muy valorada.

Téngase en cuenta que el SCV recién nacía en 1971 y hasta los años 90 no pasaba de ser un grupo de jóvenes católicos que vivían la espiritualidad marianista, no mostraban ante la sociedad peruana obras o figuras que causasen notoriedad. Se puede decir que, para muchos padres, el SCV era desconocido y sus orígenes eran más desconocidos aún pues, el carácter sectario de la institución guardaba para los “iniciados” muchos de los elementos esenciales de la ideología que los alimentaba y motivaba.

En mi caso, puedo asegurar que no tenía idea de lo que realmente era el SCV hasta el momento en que realicé la segunda promesa de aspirante; es decir, no experimenté mayor diferencia entre la agrupación mariana a la que pertenecí hasta diciembre de 1989 y el grupo de aspirantes del cual hice parte desde ese momento hasta diciembre de 1990, más allá del cambio de animador a instructor y el inicio de la “consejería espiritual“.

Lo prioritario, desde el momento en que se entraba en contacto con el SCV a través de uno de sus miembros, era el establecimiento del vínculo de “amistad” —intimista— y confianza plena, a partir de lo cual se establecía, progresivamente, distancia física y emocional con la familia, usando el método de Figari, a través del cual se exaltaban los defectos de los padres y se motivaba a independizarse de ellos en todo sentido, esperando con ansias la legada de la mayoría de edad para poder hacer cuanto se quisiera en vistas al abandono definitivo de la casa paterna para ingresar a la vida comunitaria en el SCV.

En muchísimos casos los instructores —sodálites— motivaban a los jóvenes aspirantes a mentir a los padres, se urdían engaños en los cuales se “utilizaban” incluso a las fraternas para que se hagan pasar por enamoradas y así los padres estuvieran tranquilos, pensando que sus hijos no estaban involucrados con el SCV sino que llevaban una vida “normal” para un joven de su edad. Recuerden aquello de “el fin justifica los medios“, mentir a los padres era justificado por el hecho de ser sodálite.

Lo poco que podían conocer los padres del SCV era lo que se mostraba en las misas, todo lo demás era privado y, cuando empezaron a realizarse encuentros masivos del MVC con el “fundador” solo se evidenciaba entusiasmo y clichés de adoctrinamiento tan simples y llenos de “contenido inocuo” que no llegaban a suscitar perspicacias.

En las misas se destacaba una liturgia cuidada y homilías llenas de ortodoxia que tampoco llamaban la atención de la mayoría de padres y familiares. Lo que sí llamaba la atención “positivamente” era la cantidad de jóvenes entusiastas que iban a Misa y que rezaban con devoción.

Mas el documento final de la Comisión destaca que los jóvenes que empezaron a formar parte del SCV lo hicieron

“sin el conocimiento, ni consentimiento de sus padres”

Por ello, es justo que hoy muchos padres denuncien que les robaron a sus hijos, porque eso fue, en muchos casos —por no decir todos—, un maldito ROBO de hijos, estudiantes, sueños, proyectos de vida, amigos, enamorados… Por lo mismo, no es nada descabellada la acusación realizada al Ministerio Público por algunos exsodálites de SECUESTRO y CRIMEN ORGANIZADO. La Justicia en el Perú se encargará de determinar si lo sucedido en el SCV califica dentro de esta categoría, pero son los padres los que deben hablar y narrar sus experiencias al ver a sus hijos tomar sus cosas y marcharse a cumplir su “misión” en el SCV.

Finalmente, tómese en cuenta la siguiente cita a pie de página añadida por los integrantes de la Comisión a su informe final:

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