Autoritarismo y complicidad

Es imposible hablar del SCV sin nombrar a Figari, no porque lo reconozcamos con su fundador sino porque él asume el liderazgo luego de algunos años de la fundación, pervirtiendo lo que en un origen quisieron hacer —hasta donde podemos saber— el sacerdote Haby y el grupo de jóvenes que se juntaron aquel 8 de diciembre de 1971 para iniciar juntos un camino de vida cristiana siguiendo las enseñanzas del sacerdote francés Guillermo Chaminade (fundador de los marianistas).

El control que asume Figari sobre el SCV es del tipo mesiánico. Con el correr de los años, él va fortaleciendo su figura como líder absoluto de la institución, dándole a su autoritaria figura un cariz espiritual supremo que incluía incluso dones “sobrenaturales”, poco convencionales dentro del seno de la Iglesia y muy cuestionados por la tradición.

La obediencia es exaltada al punto que no permita réplica alguna por parte de los súbditos, en particular, en el caso del “fundador”, con expresiones como “el superior se puede equivocar, pero quien obedece nunca se equivoca”, internamente se exhorta a una vivencia de la obediencia ciega que no cuestiona la racionalidad ni moralidad de la norma.

La Comisión encontró no solo abusos y maltratos, sino fundamentos torcidos y errados para la vida consagrada -y para toda vida en sociedad-. La obediencia, por ejemplo, es necesaria para la vida religiosa, mas no puede ser “ciega” al punto que pase por encima de la libertad y la racionalidad de la persona. Una vivencia con estas características no es cristiana, sino que resulta contradictoria con las enseñanzas del mismo Cristo.

El relativo carácter absoluto que podría tener una obediencia a Dios omnipotente y sabio, implica su perfección y radical coherencia con su mensaje. Sin embargo, en el caso de Figari es muy notaria la imperfección y la escandalosa incoherencia con su mensaje. La Comisión, en su informe final, hace referencia al lenguaje y es que este era, especialmente entre la cúpula de los “sodálites mayores” “vulgar y soez”.

Las referencias sexuales eran tan crudas que causaban repugnancia y el uso tan “libre” que se hacía de estas expresiones entre laicos consagrados y sacerdotes del Sodalicio era tan llamativo, que agregaba desconcierto al asco. Si las palabras son reflejo de la vida interior de la persona, se notó con mucha claridad que la vida que llevaban los sodálites que se repartían el poder en la institución se regía por coordenadas muy diversas a las de la vida espiritual.

El propio Figari usaba un lenguaje tan grotesco como su figura física, con constantes referencias a la homosexualidad y al uso de la genitalidad antinatura, reflejando además que estaba examinando el comportamiento de los sodálites para encontrar cualquier signo de “sospecha” que llevara a descubrir una homosexualidad oculta.

Los comportamientos anticristianos y, en muchos casos, inhumanos, reflejan una falta de conversión y de vida cristiana en quienes iniciaron y consolidaron institucionalmente el SCV que hoy conocemos. Lo que se instituyó en 1971 ya no existe. Si realmente se quiere dar a Figari el rol de fundador tiene que aceptarse que su fundación es posterior a aquel 8 de diciembre de 1971 y, sobre todo, tiene que aceptarse que lo que funda no tiene un fundamento realmente cristiano ni nace de una experiencia de Dios, como nace un carisma en la Iglesia Católica.

El surgimiento del SCV está más cercano al de una institución con fines políticos y económicos que al de una de finalidad religiosa. El criterio inicial de transformar el mundo desde sus cimientos, insertos en el mundo sin ser del mundo nunca llega a cuajar porque quien alimenta ese anhelo no es capaz de inspirar desde sus actos a quienes lo siguen. Esta mundanidad del SCV se refleja claramente en la manera como se trata a las víctimas y a todo aquel que se ponga en el camino del SCV y pueda ser catalogado como un obstáculo o enemigo.

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