Abusos y más abusos

El manejo de la información de manera selectiva, de acuerdo a criterios subjetivos de afinidad en la cúpula de poder, ocultó las vidas paralelas de varios miembros del SCV. Esto es muy grave en sí mismo; sin embargo, lo más grave es que la estructura misma del SCV se moldeó de acuerdo a los intereses personales de Figari y varios de los primeros sodálites.

En este contexto se realizaron “prácticas constantes de abusos físicos, psicológicos e incluso sexuales” por décadas. No se trata de episodios aislados, se debe resaltar, sino de una organización que rápidamente —desde que Figari tiene el poder absoluto— se convierte en una terrible fábrica de abusos.

Las maquinarias usadas para cometer dichos abusos fueron las construidas por el que luego se atribuiría el título de fundador, desvinculándose implícitamente del padre Haby y Sergio Tapia —quienes fueron “cofundadores”—. Dichas máquinas las hizo con técnicas de manipulación que se engranaban cuidadosamente con un concepto de obediencia hecho a la medida del abuso, en radical oposición a los derechos fundamentales de la persona.

Figari instala en el SCV una obediencia vertical que tiene a él mismo como máximo dignatario en la tierra y en el cielo; es decir, la voluntad divina —llamada “Plan de Dios”— era interpretada de manera prístina y perfecta por el gran pashá, mejor que nadie en la organización, por lo cual de su boca solo saldrán instrucciones inapelables e imposibles de ignorar, implantadas con tal firmeza en las mentes de los sodálites que hasta los más fuertes conflictos morales terminaban siempre por concluirse a favor del maestro.

Sin embargo, en esta industria del abuso, aunque existe un claro gerente general, hay también otros gerentes que, desde hace varios años, han ido acumulando más y más poder, preparándose para suceder a Figari en el poder y que cobran mayor protagonismo desde la muerte de Germán Doig. Lo cual no quiere decir que recién surgen en ese momento, sino que salen a escena de manera más abierta frente a la necesidad de timonear el barco —SCV— que sufre una fuerte rajadura con la muerte del “amigo, hermano, modelo” perfecto en el que fue convertido Doig.

Es decir, la responsabilidad de que el SCV sea constituida como una empresa de abusos no recae solo en Figari. No sucede tan solo que sus discípulos amados obedecen ciegamente, sino que se instaura una especie de hermandad de “sangre”, donde se comparten las riquezas, el poder y los placeres. Esta asociación cobra vida con una especie de conciencia colectiva y actúa al unísono, como un cuerpo.

Mas la membrecía a esta hermandad es exclusiva y solo forman parte de ella aquellos a quienes el propio Figari les hizo “apostolado”, con muy pocas excepciones. Esto explica muchas cosas, por ejemplo, el manejo restringido de la información —como sucede en las logias masónicas—, las reuniones y amistades particulares entre ellos, el misterio sobre las labores que realizaban, los horarios y espacios especiales en las comunidades, los viajes y lujos, etc. Explica también el por qué el SCV no cambia ni pueda cambiar en lo esencial, dado que esta hermandad es el núcleo mismo, el corazón del “frankenstein espiritual” creado por Figari.

Quienes comparten esos lazos de hermandad conservan el poder sin ser autoridad y el gran pashá inventa para ellos la figura de “superiores mayores” para darles un lugar privilegiado en la organización y su estructura de poder. Los que fuimos destinados a ser sirvientes también respondíamos muchas veces a los pedidos de estos hermanos mayores y, sin embargo, no gozábamos de sus privilegios ni de los beneficios de la posesión de poder y riquezas, además, éramos controlados exhaustiva y paranoicamente bajo la premisa que, si nos dejaban salir solos a las calles, daríamos rienda suelta a nuestras bajas pasiones.

Los sirvientes esclavos éramos como autómatas que se guiaban por el principio de la obediencia sodálite más radical y, por ello, nuestra responsabilidad frente a los actos que se nos pedía hacer era prácticamente nula, pues nuestra libertad había sido atropellada, sucumbiendo bajo el poder de la voz del gran maestro. A diferencia de otros sodálites que no formaban parte de la hermandad del abuso, nosotros fuimos víctimas silenciosas y nuestro adoctrinamiento no tenía fin, era constante, diario, al punto que nuestro horizonte tenía un solo norte: Figari.

La comunidad del abuso no solo tejió lazos de poder ad intra sino que los extendió hasta las más altas esferas de la jerarquía eclesial, con engaños y tretas, se hizo un espacio de privilegio en la Iglesia en el Perú y en cuanto lugar estaba presente la organización, incluso, más allá, hasta la Santa Sede. Como si esto fuera poco, dicha telaraña de influencias colmó los sectores más altos de la sociedad peruana y del poder político. La verdad de lo dicho se ve reflejada en los hechos: una fábrica de abusos que le ha costado los proyectos de vida y la salud a muchos jóvenes sobre todo peruanos, poseedora de una riqueza económica cuantiosa, vinculada a otros terribles actores de la Iglesia latinoamericana, como Karadima o el sacerdote Intriago, una organización tan grande pasa muy piola ante la justicia peruana y los dignatarios eclesiales, en una oscura red de engaños y cómplices.

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